En busca de la suerte.

Ciudad

En busca de la suerte.

Más de 20 años viviendo en Guadalajara y hasta hace un par de meses me enteré que bastaba con cruzar Av. Washington para entrar en una dimensión paralela.

Es un fragmento de nuestra ciudad, un fragmento férreo, oxidado, que no merece ser llamado” lugar” porque no invita a permanecer, y es por eso que ahí se encuentran los migrantes en tránsito, mejor conocidos como “los trampas”, que esperan a ambos lados de las vías del tren un vagón que los lleve por la buena ruta hacia Estados Unidos.

Traen a la espalda una mochila y en la voz una determinación escalofriante de seguir para llegar,  el sufrimiento no lo cargan, ese lo olvidan en el trayecto, tal vez ese sea su secreto para continuar.

Cuando llegan a Guadalajara ya les pasó todo: los asaltó la policía federal o cualquier policía, o grupo militar,  paramilitar, o sus paisanos de la Mara Salvatruchalas mujeres ya fueron violadas, algunos ya perdieron alguna extremidad en el intento por “trepar a la bestia” o ya fueron víctimas de extorsión y ya se quedaron sin nada pero siguen, los secuestran y siguen, mientras puedan siguen.
Es gente que por poco y no está, pero por algún milagro, está. Y traen consigo sus historias, sus punzadas a la defensiva en la mirada, sus grandes desconfianzas.

Algún motivo debieron tener para partir de Centroamérica y atravesar el país a sabiendas de cómo es de sinuoso el camino y de que una vez cruzando la frontera sur de México dejan sus pocas o muchas seguridades para volverse lo que les deparen las circunstancias: discapacitados, cadáveres, mercancía, deportados y vencedores.
A diferencia de los indigentes locales, los migrantes no están derrotados, están lejos de la autocompasión, tienen un propósito y su mayor miedo es que cualquier factor les impida lograrlo, ese es también un punto a su favor, el miedo da mucha fuerza.

Están ahí, en el cruce de las vías, unos con todo y sus hijos, deshidratados los niños y desesperados ellos, alertas durante días para treparse en un vagón de tren, y alertas deben apartarse cuando pasa un tren que no es el indicado.
Y suena esa voz de la máquina, ese ruido agudo e industrial que lo llena y borra todo, lo paraliza todo por instantes; Ruido al que ya están acostumbrados y que lejos de temerle, han de asociar con alguna forma de esperanza.

Cerca de ahí, sobre Av. Inglaterra a unos metros después de la estación, está algo parecido a un alivio: un comedor para migrantes que la asociación civil FM4 abre todos los días desde hace un par de años. Ahí llegan en promedio 30 migrantes diarios a pedir algo de comida y agua con una humildad difícil de encontrar en otro lado y que no habita en sus ropas ni su aspecto, sino en algo mucho más interno.

Pero esa parte de la ciudad no existe, basta volver a cruzar la avenida para regresar a la realidad: edificios, autos, tiendas, parques.
Atrás queda sólo una pesadilla fácil de olvidar, algunos salen de su dimensión y andan por ahí en los semáforos pidiendo una moneda; A la mayoría se les ignora, como a todos los que englobaríamos en su “categoría”, la de pobres que piden dinero.

La vida, sus caras y matices, unos tan poco agradables a la vista.

La vida y sus suertes.

Fotografía por Marisol Villanueva Acosta.

  • Miguel Reyes24

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