Guerra contra el narco: Hara Kiri a la mexicana

Sociedad

Guerra contra el narco: Hara Kiri a la mexicana

Cerca del final de la segunda guerra mundial, ocurrió un hecho extraordinario: en el desembarco de las tropas estadounidenses en el archipiélago de Okinawa muchos de los ciudadanos japoneses, prefirieron suicidarse antes que ser capturados por las tropas invasoras.

Esto ocurrió de muchas maneras, algunos se hicieron detonar junto con su familia con granadas, los padres dispararon a sus familias para después darse muerte, otros miles se arrojaron por alguno de los acantilados isleños, otros más se hicieron el tradicional hara-kiri así como otros tantos escabrosos métodos que sirvieron para manchar con sangre las aguas de los mares de la China Oriental que rodean estos terruños.

Este performance del horror cobró la vida de entre cien y doscientas mil personas. Los norteamericanos invasores no daban crédito a lo que estaban presenciando y para las mentalidades más nacionalistas este capítulo de la historia de Japón se conserva en la memoria como un acto de sublime heroísmo. Claro que no para todos es así , sobre todo a la luz de los acontecimientos posteriores al suicidio en masa que han tenido lugar en Okinawa, empañado la heroicidad de la muerte en nombre de un reino.

El genial escritor Kenzaburo Oé da cuenta, en “Notas de Okinawa”, de como las tropas japonesas habían adiestrado a la población para darse muerte en el caso de que estuvieran a punto de caer en manos de “los demonios de ojos azules”; para lograr eso había todo un plan para que los padres y abuelos fueran matando a todos los miembros de la familia; se entregaron, por ejemplo, granadas para ser usadas contra las propias familias en cuanto fueran avistadas las tropas enemigas. Antes morir que ser deshonrados por manos extranjeras.

Lo paradójico de todo aquello es que ni aún con este acto de “heroísmo” la gente de Okinawa  ha conseguido el status de “japoneses en pleno”, los oriundos de esta región son considerados “impuros” por una sociedad altamente jerarquizada y racista como la japonesa. Los de Okinawa son despreciados por sus connciudadanos y se les considera “chinos” en el resto de Japón, lo cual para ellos es bastante despectivo. Una ofensa típica contra los “okinawenses” es la de “negros”. Así mismo, en Okinawa, al termino de la guerra, se instalaron bases estadounidenses en el 30% de su territorio, todo con la complacencia de Tokyo, que prefería la bases en esos territorios de “chinos”, antes que verlas en Osaka, por ejemplo.

De esta manera, la tragedia de Okinawa se transformó en teatro del absurdo: tantos muertos por un “ideal de honor” que terminó siendo mancillado, tantos muertos por Hiroito y el imperio japonés que ahora, más que nunca, se ha convertido en fiel aliada de los intereses gringos y que incluso ha abrazado la cultura americana con especial pasión; tantos muertos que sirvieron tan sólo para oscuros intereses políticos de una elite. Tantos muertos que solo sirvieron para morirse. Algo así está ocurriendo en México respecto al narcotráfico.

Una de las prioridades del presidente electo Felipe Calderón ha sido la de instaurar la llamada “Guerra contra las drogas”: el saldo desde que asumió la presidencia en el 2006 hasta lo que va de este año, es de 50 mil a 60 mil muertes, dependiendo de la fuente. En este sentido, por más que distintos actores políticos se han pronunciado durante todos estos años abiertamente en contra de la “guerra del gobierno de Calderón”, e incluso, muchos de ellos, yendo en contra del tradicional conservadurismo de la clase política mexicana han apoyado la idea de una legalización parcial o total de las drogas como estrategia para combatir a los cárteles, aún así, la idea imperante en medios masivos y gobierno es la de “unirnos como nación” para acabar contra los narcos.

Calderón ya lo ha mencionado en distintas ocasiones: a pesar de los muertos, no va a haber “un paso atrás” en el combate contra el narcotráfico ni tampoco una reconsideración de la estrategia; en pocas palabras, mantener la guerra es más importante que detener la muerte de gente inocente. Cuando ciertos analistas como Héctor Aguilar Camín sugieren políticas seguritarias “defensivas” (protección de la población) antes que “ofensivas” (declaración de guerra), la opinión pública salta sobre él, sintiendo burlados su honor como mexicanos. Son bastantes los ciudadanos que creen que esta es “su guerra” y que los narcos son “sus enemigos”. No por nada la guerra contra el narco esta revestida de un halo de nacionalismo y los traficantes estan siendo “desciudadanizados”, por decirlo de alguna manera. Como si se tratase de parásitos alienígenas que han invadido el inmaculado cuerpo de la madre patria no se reconoce que los narcos son también “hijos” de esta “Madre Patria” más injusta, cruel y expoliada de lo que se suele reconocer desde la perorata patriotera.

Son dos los objetivos a perseguir cuando una nación o reino declara una guerra: el externo y el interno. El externo suele ser apropiarse, dominar, controlar o imponerse sobre otro grupo y el interno suele ser conseguir la unidad de los “súbditos”, acallar o desalentar las críticas internas (la pasión nacionalista se vuelve más importante que los errores de los gobernantes) o mandar un mensaje a los sediciosos locales de que no habrá piedad contra ellos. En el caso de Calderón se rumorea que el obetivo “externo” seria apropiarse del territorio de grupos rivales para otorgárselo a un cártel “favorito” con el cual él previamente ha pactado; pero sobre todo, su guerra tendría objetivos “internos”: buscar un enemigo desalentaría las críticas contra su propio mandato altamente deslegitimado consiguiendo unir al país en torno a él, que sería ungido como héroe envalentonado ante “el enemigo”. La peculiaridad de esta guerra es que se trata de un enemigo “interno” que artificiosamente ha sido “externalizado”  sin conocer a ciencia cierta su naturaleza. El enemigo es ¿la droga?, ¿los drogadictos?, ¿el narco?, ¿la corrupción?, ¿la pobreza?, ¿la violencia?.

No hace falta decir que el plan de Calderón fracasó en tanto no consiguió ni unidad en torno a él como héroe ni tampoco acalló las críticas que él esperaba fueran ensordecias por una oleada de fanatismo nacionalista. Lo único que ha conseguido es desmembrar el cuerpo simbólico de la nación y el cuerpo físico de muchos mexicanos. Y es que al final el problema al cual Calderón decidió solucionar a balazos en vez de seguir otras vías es “el problema México”. Cultivo de droga, comercio ilegal de esta por los narcos, corrupción, pobreza y violencia se encuentran unidos por el GRAN problema que es el sistema fallido del país México; el otro problema: “los drogadictos”, es algo más bien ajeno a los mexicanos en tanto “patología” de sociedades de la sobreabundancia, aunque regularmente, más que “problema” es un estilo de vida estigmatizado.

Quizás envalentonado ante el ejemplo de gobiernos como los de la dinastía Bush basados casi completamente en la exaltación nacionalista ante el enemigo del “terrorismo”, Calderón creyó que podría hacer lo mismo creando el enemigo interno de “el narcotráfico”; para justificar la guerra se mal-inventó una leyenda la cual dice que “los narcos” son seres fabulosamente demoniacos, cuando en realidad se trata de seres fabulosamente ignorantes y resentidos, es decir, auténticos productos de un país que no alcanza a cubrir mínimas cuotas de educación (los últimos lugares en la prueba PISA de educación) o de igualdad (los primeros lugares en desigualdad social por la OCDE).

Antes que preguntarse por qué en México hay narcos, deberíamos preguntarnos por qué la mayoría no lo somos ante unas perspectivas de ascenso social limitadas a unos pocos. La figura del narco, más que un personaje ajeno a México, se trata de una figura que representa a la perfección las contradicciones de este país. Y la mejor manera de resolver las contradicciones nacionales no es a balazos. Y es que en esta guerra, el último escalón de la batalla discursiva ha pasado de considerar a los delincuentes como “malos mexicanos”, a considerarlos directamente “el mal encarnado”, bestias inhumanas que matan por que sí, esta retórica, en vez de desalentar la criminalidad la envuelve en un halo de negra fascinación que es celebrado por los mismos delincuentes. En la cultura del narcotráfico actual se mezcla una esóterica de la muerte con una estética del horror que tiene su orígen en esa demonización/mitificación de la figura del narco por parte del discurso oficial.


Así como a las familias japonesas se les invitó a participar de la inmolación por “intereses patrios”, en el México contemporáneo el gobierno federal pide total apoyo para su guerra  y ante las vidas cegadas exige se les consideren “bajas colaterales” y no “el hijo”, “el papá” o “la madre” muertos. Al llamarles “bajas” el Estado da entender que se trata de combatientes mártires de una misma lucha cuando en realidad era gente que solo iba pasando por ahí y que probablemente estaba en desacuerdo con esta guerra, lo cual eleva aún más el nivel de absurdidad.

Otra muestra más de las ansias totalitarias del Estado es que este no solo ha decidido sobre un cuerpo con vida cuando lo mata (o lo pone en riesgo de morir) sino que también decide sobre los cuerpos ya muertos al darles el status de “bajas” de una guerra y por lo tanto “mártires” de una supuesta causa. Así, para este gobierno parece inadmisible el llanto y coraje de unos deudos que no les queda más que reclamar lo absurdo de la perdida de ese ser querido. Esta “martirización” ¿involuntaria? de las víctimas más que honrarlas como personas las reduce al nivel de “símbolos” usados a favor de la estrategia gubernamental.

El Estado dirá que se trata de algo hecho por “el bien de todos” y “para que la droga no llegue a tus hijos”, cuando el trasiego de drogas en el país no ha sido, en absoluto, la principal preocupación del pueblo mexicano profundamente agraviado por otros problemas tan reales como la falta de empleos con salarios dignos, el deficiente sistema educativo que no permite el ascenso social y material, la vulgaridad y corrupción de las instituciones y sus funcionarios que todo lo dificultan, la obscena brecha entre ricos y pobres, por no hablar de la prácticamente inexistente aplicación de la justicia de forma equitativa.

Los intereses de Felipe Calderón no son los intereses de México y nuestro país no es la suma de sus instituciones. México es el pueblo mexicano no el Estado inescrupuloso que coloca al ciudadano en una continua situación de fuego cruzado mientras pide apoyo diciendo que se hace “por amor a la patria”, chantaje que nos pone a nosotros los inconformes bajo el status de “anti-patriotas”. Ante tal panorama, nos encontramos como mexicanos en la misma situación que los habitantes de la Okinawa en la Segunda Guerra Mundial: obligados a colaborar en una guerra que no es nuestra y en la cual las lealtades no cuentan sino los acuerdos tras bambalinas de un elite gobernante que no padece ni padecerá las consecuencias. ¿Todo por la patria? ¡Todo por la farsa!

 Ilustraciones de Suehiro Maruo ©

 

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