Juárez en la ruta

Sociedad

Juárez en la ruta

El amarillismo no es su mejor aliado. Sabemos sólo lo peor por los diarios y medios de comunicación: nos cuentan que el imperio maquilador ha quedado atrás y que todos los días decenas de familias buscan la manera de irse para no volver, pues solo quedan los vestigios de lo que fue un paraíso de oportunidades.

Si la pudiera describir por su estética la describiría como una ciudad “agabachada”  y atrapada en los 70´s. La mayoría de las casas tienen una planta con un estilo muy gringo, y por lo regular están pintadas con colores semejantes a los del suelo donde se encuentran (colores de tierra).

El ritmo de vida baja por completo. Dadas las circunstancias, se sabe que la gente tiene miedo pero nunca se ven personas estresadas o apuradas.  Generalmente se dirigen a tu persona con un gesto amable que te hace pensar que no merecen la situación que les azota. Las calles son tan confusas para los que venimos de fuera, y es que no estamos acostumbrados a ver las calles desoladas y sentir la amplitud de las mismas como si estuvieran hechas solo para nosotros.

 

parada

La parada.

 

Recuerdo haberme sentado en una parada de autobús a degustar un verdadero burrito del norte, nunca supe su procedencia pero la persona a la que se lo compré  en un crucero parecía de fiar. Esperé unos minutos al transporte público “la ruta” como es  conocido por allá, abordé un camión escolar americano con más de 30 años de antigüedad, los asientos de piel arañados y Los Temerarios como música de fondo me hacían sentir en mi México aun estando a escasos kilómetros del puente y, por lo tanto, en el gabacho. En realidad no sabía a donde iba, solo sabía que me tenía que subir para conocer, pero no fue tan complicado saberlo pues el camión tenía marcado con pintura para zapatos “centro” en su parte frontal. Metro tras metro subía la adrenalina y mi estatus cambiaba a “cuidado latente”,  pues no quería que algún pequeño incidente de los conocidos en la televisión me quitará esa visión de una ciudad nueva, la cual yo estaba fabricando, que hoy es completamente distinta a lo que los medios me dictan. El autobús paró en el centro y me dirigí a la Juárez, esa calle tan famosa a la que acudían los gringos durante el fin de semana para ponerse la etiqueta de “party hard on” y gastar sus dólares. No es difícil imaginar lo que la gente cuenta de cómo la fiesta estaba  al “220” durante las 24 horas del día.  Caminando pocos metros me encuentro con el “Bar Kentucky”  que me habían recomendado visitar  y entro. Sentado en la barra me aborda el mesero.

 

Burrito Norteño y la Ruta

Burrito Norteño y la Ruta.

 

-¿Te ofrezco algo güero?
-Una chela (Carta Blanca) por favor.
-¿No es de aquí compa?
-No, ¿Se me nota?
-Sí, luego luego.

No es complicado pensar que soy foráneo puesto que mi acento me delata. Me cuenta que el Bar ha estado ahí desde 1920 y que ellos han visto pasar todas las etapas de la ciudad y que ya no están como antes, pues el año pasado fue la debacle, pero que hoy en día todavía se mantienen. Mientras me comenta, pido otra cerveza para “aplacar” el calor, pues el sol pega más duro aquí que en ningún otro lado, parece que la fuerza con la que pega el astro rey es la misma fuerza que imponen al hablar los juarenses.

Al terminar la segunda cerveza salgo de lugar con la dirección que me dan a entender mis pies. Me llevan a dar un recorrido rápido por el centro, pues es hora de que los lugares de interés cierren y el tiempo apremia. Algunas fotografías por aquí, otras por allá, y me dirijo a la parada de autobús reflexionando acerca de la situación de la ciudad. Todo lo que pueda llegar a pensar se resume en el famoso dicho “lugar equivocado, hora equivocada”, y es que la población no tiene la culpa de vivir en el mayor lugar para el trasiego de estupefacientes  bajo el yugo de la vida moderna, donde se hace cualquier cosa para mitigar la necesidad y el hambre. Cabe recalcar el esfuerzo que la gente nacida aquí está haciendo por mejorar su ciudad, pero antes que nada falta que se quiten ese estigma de ciudad herida para empezar a caminar sobre la ruta que los llevará a donde estuvieron pues se lo merecen, han aguantado cuando les ha llovido duro y tupido.

 

La Boquilla

La Boquilla

 

Vuelvo en mí, miro mi reloj y han pasado 5 minutos, llega el autobús y ya sin esa adrenalina que ha sido cambiada por cansancio, abordo. Me doy cuenta de que es el mismo camión que tomé para venir, volteo a ver al chofer y sonrío pues ahora es Bronco quien me acompañará durante el camino.

 

Acordeón

Fotografías por El Pistos

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