SÓNAR, Ese Artefacto: Crónica de Día.

Concierto

SÓNAR, Ese Artefacto: Crónica de Día.

Obviando algunas fallas técnicas puntuales, el Sónar Barcelona 2012 sale airoso con una programación de lo más exquisita. Silicon Sexy estuvo presente y les presentamos esta primera parte con la crónica de las tres jornadas de Sónar de Día donde sobresalieron las presentaciones del dueto Diamond Versión formado por Alva Noto y Byetone en colaboración con el japonés Atsuhiro Ito, los alemanes Mouse on Mars, el combo experimental Supersilent y los daneses When Saints Go Machine.

 

La decimonovena edición del festival barcelonés concluyó ayer con nota positiva, presentando shows que sin duda estarán en el top de los conciertos del 2012. Por increíble que parezca para estos tiempos de crisis, el festival vuelve a romper marca de asistencia con alrededor de 98,000 visitantes de aproximadamente 80 nacionalidades distintas, según datos de los organizadores. Se reafirma la bicefalia de la cita, con un Sónar de día orientado al riesgo sonoro y la exploración, mientras que el Sónar de noche es tomado por miles de clubbers ansiosos por mostrar musculín y transpirando toneladas de material químico a la atmósfera como para competir con Chernobil… presentamos una primera parte de la crónica con lo que fue la parte diurna del festival.

Jueves

Solo si no se es working class people resultaría factible llegar a las primeras presentaciones con las que abre el Sónar, a eso de la 1 del mediodía. El ritmo cotidiano me da como para llegar justo a las 17hrs para presenciar el espectáculo de un Daedelus que tiene abarrotado el Hall del CCCB. Sorprende la puesta en escena que consiste en varias decenas de espejos equipados con un sistema que los hace cambiar de posición reflejando y multiplicando las luces que llegan a su superficie mostrándonos a su vez los movimientos, trucos y manipulaciones de este maestro de la sampledelia.

El miembro de ese laboratorio del sampler y el hip hop de avanzada que es Ninja Tune va desgranando un show donde el funk digital conviven con la bass music, los breaks, el reaggetón heterodoxo, el ragga, el dub, el drum & bass…. hasta que en su punto álgido hay un bajón de energía, se impone el silencio y la oscuridad. Aplausos para el músico, “venga, que no es tu culpa, todos los sabemos”, reanuda, frenético, enlaza varios ritmos quebradizos, desliza samplers sabrosones. Parón. Ahora Deadelus se queda como el loco de la colina escuchando su P.A pero sin audio para el respetable. ¿Qué pasa Sónar? todavía se recuerda como hace dos años dejaron sin audio todo un concierto de unos Cristal Castles que nunca se enteraron que el público les gritaba no por emoción sino por fastidio. ¿Será que los organizadores confían demasiado en la marca Sónar? Un festival de música no puede cojear de lo esencial: el audio.

Sabor agridulce me deja los primeros instantes de Sónar. Me dirijo al Village, el escenario más veraniego, donde el Sónar luce bikini y bronceado, nostálgico de playa. Un público nutrido espera otro de los platos fuertes del día: la presentación del californiano Flying Lotus, artífice de la enésima relectura de la música urbana de raíces negras, llámese hip hop, drum & bass o dubstep se presenta armado solamente de lap top y un controlador. Mientras en sus discos predomina la experimentación, en vivo la propuesta es más directa y visceral; eso sí, sin concesiones al cliché. Sus transiciones entre estilo son un prodigio de ruidismo cósmico, hasta que la maldición del ingeniero de sonido en prácticas se vuelve hacer presente. Se va el sonido, el angelino enfurece, imposible que esto esté ocurriendo. Dos shows seguidos en dos escenarios distintos y de nuevo con fallas.

Pin, pam. Se hacen los arreglos, vuelve el audio para beneplácito del público y Steven Ellison, nombre real del angelino, deja escapar unas cuantas carcajadas irónicas. En el fondo sabe que “se escucha” pero no del todo bien. Entran dos músicos de apoyo, un bajista que toca como una máquina vestido de personaje manga y un chico blanco que toca el Hammond, insuflando una sonoridad orgánica funkie al set. El sonido no parece adaptarse del todo bien al nuevo formato, el bajo suena saturado y los teclados cobran presencia y luego desaparecen. Sabemos que flying lotus es un genio y que ha dado un super show, pero hay que echar mano de la imaginación para bloquear las fallas en el audio. Una lástima.

Toda la expectación está puesta en recibir a uno de los hypes del momento. El dúo que se hace llamar Totally Enormous Extinct Dinosaurs, pero que en esta ocasión se vuelve acto en solitario. Ahora que parece que regresa el sonido del house más electroso, queer y ochentero (marca Chicago pues), este chavalín se apunta a revisionarlo sin ningún animo de agregar nada al género. Quizás un toque más pop y “chillwave” por si cabe hablar de alguna cualidad inventiva. Eso, y un outfit estrambótico: el inglés sale vestido con un traje confeccionado a base de plumas de pavorreal. “Mucha pluma”, literalmente.

Tanta exposición mediática ha calado en el inconsciente y parece ser el-concierto-que-debes-disfrutar-sino-quieres-estar-out. Mmmmm. Yo muero de aburrimiento, para house old school mejor iría directamente a la fuente: en mi casa, un gin tonic y unos buenos temas de Adonis o Fingers Inc. Don’t believe the hype.

Huimos de la muchedumbre y hacemos salto mortal, sin red. Nos dirigimos a terra ignota, a ver a un cuarteto de desconocidos (para mí) llamados When Saints Go Machine. Qué pedazo de concierto desgranan los daneses justo cuando la noche hace su entrada. ¿Cómo es posible que desconociera la existencia de este prodigio? De entrada, llama la atención la forma de cantar de Nikolaj, haciendo uso del falsete y con una voz llena de emoción, sincera. La música avanza tortuosa, misteriosa. De los grupos que da bastante recelo soltar una etiqueta, ¿es necesario?

Su propuesta es única aunque con ecos a una herencia de cierto pop marginal, del que casi nadie se atreve a emular. Dejémoslo en que parecen haberse nutrido del avant pop de Mark Hollis y sus Talk Talk, del rock oceánico de AR Kane, de la rabiosa dulzura de Bark Psychosis y de alguna epifanía en los fiordos que los dejó tocados de por vida. Nos drogaron, emocionaron y nos hicieron bailar. La cumbre del jueves. Muy grandes.

P.D – Llegando a casa busqué a When saints go machine en Spotify. En disco no son ni el 5 % de lo que son capaces en vivo. Eso suele pasar con la música que vale la pena: hay que verlo para creerlo.

Viernes

 

Hago un esfuerzo extra el viernes y llego temprano para ver a Trevor Jackson, capo del (¿desaparecido?) sello output records. Quizás el primer gran sello independiente nacido con el nuevo siglo. Hablamos del descubridor de gente como The Rapture, Colder, Black strobe, LCD Soundsystem… De pie, por favor.
Recién desempolvado una mix session llamada “metal dance” donde remezcla con elegancia géneros tan poco elegantes como el EBM y el Industrial llegó con la expectativa de sonidos duros y abrasivos. O está demasiado soleado para sonar duro o Trevor está demasiado resacoso como para currárselo pero aquello suena a chill out. Un set inofensivo lleno de referencias ochenteras pero sin garra. A pasar página.

Voy directo al Hall (el mejor escenario diurno, sin duda) donde no tardarán en salir ni más ni menos que los noruegos Supersilent, uno de los grupos experimentales más interesantes (e importantes) de los últimos tiempos. Vienen acompañados de un personaje curioso: John Paul Jones, ex-bajista de Led Zepellin. La sala de llena de gente ansiosa por ver al-bajista-de-led-zepellin ¿qué? no mamen. ¡Lo que importa es el pedazo de grupo que es supersilent! En fin, me da igual.

Sale el trío noruego y el viejillo inglés. Batería, teclado vintage pasado por filtros de efectos digitales, otro chico haciendo ruidos con samplers y una guitarra que sólo sirve para gruñir más John Paul Jones y su bajo de cinco cuerdas. El Hall está lleno y gritan con solo ver al inglés, pero a los minutos ya se están dando cuenta que esto va de todo, menos de rock. Ritmos imposibles, atmósferas opresivas, ecos del free jazz más amorfo, noise, dark ambient, apocalipsis y una trompeta a lo lejos.

¿Agrega algo al discurso de los noruegos la inclusión del bajista inglés? Nada más que un ruido insoportable de gente atraída al concierto por mero relumbrón mediático. Afortunadamente, para los que queremos dejarnos llevar por las texturas y el sonido en estado puro sin “forma musical” de los noruegos, la gente empieza a abandonar la sala. Al final, quedamos unas veinte personas. Supongo que para el músico experimental debe ser señal de éxito rotundo. Para mí es la cumbre del día. Dos jornadas continuas de Sónar en las que la nota alta es dada por escandinavos, Vikingos cabrones!.

Toca el turno en el mismo escenario de otro de los platos fuertes: Mouse on Mars. En ellos sí coincide la calidad con la popularidad. El Hall se pone a reventar. El calor es imposible pero igualmente imposible es perderse a los berlineses.  El trío hace lo suyo, lo de siempre, que no es poco. Ritmos retorcidos, dance cubista y sentido del humor que los hace únicos. Un grupo del cual no hace falta decir mucho: te ponen a bailar el cuerpo y las neuronas ¡Mouse on fucking mars! como se escuchó por ahí.

Corriendo para ir a un costado del MACBA donde se encuentra el escenario Sónar complex, que no es otra cosa que la capilla de los ángeles. Una pequeña iglesia acondicionada por primera vez para el Sónar. Ahí esperan Peaking Lights. De entrada, un error poner al dueto norteamericano en ese sitio. Gran parte de su sonoridad proviene del dub, y el dub es reverberación. Una iglesia está diseñada para reverberar, ¿qué pasa ahí? pues ocurre que los bajos se lo comen todo. Por unos momentos el ruido se vuelve insoportable pero conforme avanza el concierto va mejorando la cosa hasta terminar en lo que tenía que ser: un concierto encantadoramente psicodélico que nos pone a todos en trance y rompe las barreras del tiempo y el espacio.

Se trata del concierto inaugural del showcase de 100% silk , subsello de Not Not Fun y punta de lanza de esa microescena de pop hecha con cacharros vintage y que les da por grabar en formatos anacrónicos como el casette. Música ensoñadora de ecos dub, psicodelia y shoegazer. Todavía no lo sabía pero este concierto resultaría ser la cumbre de la presentación de este sello en el Sónar.

 

Sábado

 

Me gustaría haber visto a Darkside, el proyecto paralelo del prodigioso Nicolas Jaar, pero la resaca y el cansancio del día anterior se imponen. Como sea, llego justo a tiempo para ver a la estona Maria Minerva, otra de las artistas de la escudería Not Not Fun. Interesante la actitud de esta chica, bailando frenéticamente, pasando de la gente y sumida en su propio trance, pero no deja de parecer un show de karaoke. Con todas las bases pre-programadas, no hay manipulación en vivo y además su show se acerca peligrosamente a un simple electro pop cutre, totalmente alejado de sus discos, llenos de humo y estupefacción psicodélica. No está “tan” mal y pone a bailar, pero deja mucho que desear.

De nuevo en el Hall para una primicia del Sónar. Se trata de la colaboración entre Alva Noto y Byetone, cofundadores del sello Raster -Noton los cuales se hacen llamar Diamond Versión y vienen acompañados por el artista japonés Atsuhiro Ito, el cual es experto en manipular tubos de luz fluorescentes para ser usados como fuente sonora. Todo un espectáculo. Quizás cansados de repetirse, los alemanes se alejan de su faceta nerd como productores de ambient, IDM y arte sonoro para transfigurarse en artífices del techno más áspero, abrasivo e industrial.

Nacido como una idea: musicalizar eslóganes absurdos de compañías trasnacionales, Diamond Version puede ser considerado como el soundtrack post-industrial del nuevo capitalismo, aquél que ya no depende de la producción en serie sino del capitalismo informacional de la red. Su música remite al sonido de la máquina y a la producción, pero ya no de automóviles ford sino a la producción de datos. La frialdad de navaja de afeitar del techno constructivista de los teutones tuvo un feliz contraste con los ruidos que salían de la manipulación de los tubos de neón del japonés. Ritmo maquinal + ruido de interferencia. Al escuchar este proyecto dan ganas de proferir frases megalomaniacas y totalmente desproporcionadas como “ha llegado la salvación de la música electrónica” o “ha nacido el primer proyecto de post-techno….” Diamond Version nos trajeron de vuelta el futurismo en un entorno plagado de electrónica nostálgica, además en un performance que difícilmente tendrá secuelas. La cumbre.

Los de Raster – Noton se la ponen muy difícil para todo lo que venga después pero L.A Vampires, aunque tocara después de Parchis habría sonado fatal. La californiana Amanda Beth, capitana de 100% silk y cofundadora del sello Not Not Fun aburre como una ostra con (“otra vez la burra al trigo”) ese sonido vintage-house que intenta ser psicodélico pero sólo le alcanza para lo somnífero. Me recuerda a tantos proyectos actuales inflados por las revistas de tendencias (Grimes, The XX, John Talabot, Totally Enormous…) que son puro posturismo-sin-corazón-engaña-bobos.

Sin  nada que hacer me dirijo de nuevo al Hall donde tocarán unos de los barceloneses consentidos de todos los festivales: The Suicide of Western Culture. Nada ha cambiado desde la última vez que los vi en una pequeña sala en el barrio de Gracia. Se trata de un dueto que le saca bastante ruido y poder a la cacharrería analógica que aporrean sin compasión. Las comparaciones son odiosas pero siempre se ha hablado de ellos como los Fuck Buttoms españoles. Tristemente, aunque se agradece su puesta en escena con referencias políticas (esos videos de la guerra civil española) así como su garra y potencia, a diferencia de los Fuck Buttoms, los TSOWC suenan demasiado melódicos, en vez de electro-drone parecen electro pop con demasiado ruido y además de cansinos se sienten muy esquemáticos. Falta camino por recorrer.

Fotos de Federica Matelli

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