Dennis Hopper: el recuerdo de su última película

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Dennis Hopper: el recuerdo de su última película

Hace tiempo, el último decadente de Hollywood entró de lleno a la ausencia de color. Fulminado por el cáncer, Dennis Hopper terminó su errática carrera con el temple y dignidad de los grandes caballeros.

Semanas antes de morir, tuvo la entereza de salir con sus 45 kilos a develar su estrella en una calle de Hollywood, acompañado por sus familiares y grandes amigos como Jack Nicholson y Viggo Mortensen. Ahí, dijo que todos sus allegados tuvieron la culpa de que un chico granjero de Kansas City pudiera observar y vivir en el “gran mundo”.

Dennis Hopper

Dennis Hopper en el paseo de la fama de Hollywood, con Jack Nicholson, Viggo Mortensen, Tom LeBonge, Mark Conton, familiares y amigos.

A manera de homenaje y dejando de lado la fama de Easy Rider (esa road movie hippie de motocicletas que puso a Hopper en la punta de la pirámide tras ganar en Cannes el premio como “mejor director debutante”), habrá que desempolvar con aguerrida tozudez la segunda cinta que filmó en su carrera y darle el verdadero lugar que se merece. Aunque en 1969 Easy Rider fue un boom (ya saben, filmada con 340 mil dólares y tres años después ya había recaudado en taquilla 60 millones; actualmente su ganancia ha superado los 600), pocos han visto el siguiente paso de Hopper, The last movie, una cinta grandiosa, pirada, excesiva, errática, lunática, decadente e infinitamente poética. Cabe destacar que hasta los críticos más importantes de cualquier país de buena cuna cinematográfica, no han tenido la oportunidad (o las ganas) de mirarla en toda su magnificencia.

Si realizáramos un recuento de las películas perdidas injustamente, The last movie quedaría en primerísimo sitio. ¿Está en DVD? No, aunque alguna vez la finísima compañía The Criterion Collection se acercó a los estudios Universal (que dieron la suma de 850 mil dólares para su filmación) pero no se concretó absolutamente nada. Incluso hoy en día, Criterion ya tiene en prístino Blu-ray la incomprendida Robinson Crusoe On Mars de Byron Haskin y The last movie sigue en el purgatorio del olvido. Eso sí, por ahí existen copias en VHS y todo buen coleccionista del verdadero Séptimo Arte tiene una en este formato, junto a títulos como Lisztomania de Ken Russell, El ladrón del arco iris de Jodorowsky, Gas food lodging de Allison Anders y Seconds de John Frankenheimer.

Pero, ¿qué es The last movie? Un arrebato de juerga narcótica, filmada con Hopper y todos sus actores y técnicos en un viaje de cocaína, sexo y alcohol en pleno pueblo peruano de Chinchero, a un par de horas de Cusco. No era de extrañarse: Hopper estaba ahogado con el éxito de Easy rider y se sentía Dios. Sí, casi una píxide cubierta de carne, con la sola diatriba o defecto de que a cada mañana debía volver a conectar su psique con el mundo exterior. El problema tampoco era la francachela perpetua (que tan bien dominaba), sino la quisquillosa percepción de terceras personas que comenzaron el chisme de que aquello no era una filmación sino una orgía interminable, con empavesado de borrachera desaforada y aquelarre de drogas servidas y consumidas a mansalva.

Así que pasmo no causó cuando se anunció que The last movie sería rodada, ya que muchos críticos vaticinaron que gracias a los excesos habituales de Hopper la cinta sería un desastre aparatoso. Cosa que ocurrió al pie de la letra e incluso llevó al abismo cinematográfico a Hopper, que tardó diez años en volver a sentarse en el banquillo de director.

Su trama yace centrada en Kansas (interpretado por el mismísimo Hopper), un gringo loco que vive en un pueblo peruano hasta donde llega un equipo de Hollywood para filmar un western y él, es contratado para ayudar con ciertos aspectos de producción. El problema es que los habitantes indígenas quedan “ensimismados” con las cámaras y los efectos especiales. Entonces, comienzan a rodar su propia historia pero con palos armados a manera de cámara y micrófono. Para iluminar las escenas, no usan luces sino antorchas. Pero ellos no entienden los efectos especiales y alegan, por ejemplo, que golpear sin pegarse (en cualquier tipo de peleas) no es cosa real.

En el otro extremo, existe un sacerdote que predica que el cine ha corrompido la esencia de la vida común y corriente de los naturales, mientras una indígena amante de Kansas hace todo lo posible por tener lujos de la vida moderna (como refrigeradores o abrigos de pieles exóticas) para sentirse un Santo grial femenino entre tanta escoria a pesar de que su apariencia es exactamente igual a la de sus coterráneos.

Cabe destacar que aunque la historia es simple, el armado del filme está a un paso de la experimentación y el surrealismo creativo. Por ejemplo, el nombre de la película surge en pantalla a los 25 minutos y en ciertas ocasiones el espectador observa por un par de segundos la leyenda de “escena perdida” justo en pleno corte de un diálogo capital de The last movie. También existe una recurrencia por meter escenas ajenas a la central. Vaya, dos hombres platican y, de pronto, vemos un vaquero que cae de una azotea; corte seguido, sigue la plática sin cambios ni variaciones. Uno de los ejemplos modernos perfectos de esta técnica inconexa se logra magistralmente en Asesinos por naturaleza (1994) de Oliver Stone, aunque dichas escenas metidas con menos de un segundo de duración tienen una connotación más bien subliminal. Por otro lado, la cinta “jala” la percepción del espectador hacia lo que se supone es una película per se; dicho de otro modo, la película es una película dentro de otra, a la usanza de Maidstone (1970) de Norman Mailer.

Por desgracia, este viaje a Perú junto a llamas, gallinas y precarias viviendas para vivir dignamente (según los estándares exigidos por los actores de Hollywood), hizo que The last movie caminara con dificultad. Máxime cuando cada noche la cocaína y el alcohol corrían a máxima velocidad entre los vasos y las narices.

Pero el mayor problema fue editarla: Hopper regresó a su casa en Taos, Nuevo México, con 40 horas grabadas. Ahí, pasó horas recortando y pegando a punto del colapso, para después creerse el ballestero de Guillermo Tell y tomar su pistola o rifle y disparar contra cualquier mueble de su casa. Acto seguido, trepaba al techo y soltaba tiros al aire mientras gritaba como poseso, como si las detonaciones y el olor a pólvora fueran el exorcismo perfecto para erradicar los demonios de todos sus vicios. El clima inclemente arribó cuando Hopper fue presionado por Universal para presentar una copia digna de la inversión del estudio. Para eso compró un viejo cine de Taos y regularmente mostró a doce editores profesionales de Universal la disque película de The last movie terminada. Cabe destacar que jamás salieron contentos y su paciencia se agotó en menos que canta un gallo. Un buen día, Alejandro Jodorowsky (buen amigo de Hopper) llegó a Taos y observó el material grabado. En dos días, realizó una copia con principio y final congruente y Hopper la mostró a los editores de Universal. Tampoco pasó. La desgracia es que Hopper en su furia narcoetílica destruyó esta copia que seguramente sería un punto y aparte en la mágica trayectoria de Jodorowsky.

Tras tanto avatar, en 1971 se estrenó en el festival de Venecia y hasta ganó el premio como “mejor película”. Un mes después llegó al Saint Twin Theater de Nueva York (donde también debutó Easy rider) y la respuesta de la crítica fue concluyente: “un embrollo extravagante de indulgencia total”. Los directivos de Universal vieron el filme y quedaron horrorizados. En dos semanas la sacaron de circulación y de la memoria del público para siempre. Además, 1971 fue un año de culto en muchos sentidos y la presión de cintas como The french connection, A fistful of dynamite, Straw dogs, Dirty Harry, A clockwork orange, Bananas y Get Carter, finiquitaron la desaparición absoluta de Hopper y su obra.

Este western extravagante de expresionismo americano en pleno Perú, en verdad estuvo a punto de ser la última película de Hopper. Por fortuna, los contados coleccionistas que poseen una copia (en eBay pueden encontrarse arriba de 100 dólares) no la han dejado morir en soledad. Hace más de un lustro, Hopper declaró lo siguiente sobre The last movie: “de forma correcta o incorrecta, eso es lo que quería hacer. Sí, fue una larga orgía de drogas y sexo. Hacia donde miraras, había gente desnuda con sus mentes turbadas. Pero esta decadencia nos ayudó a sacar adelante la cinta. Puede que en esa época fuéramos adictos a las drogas pero también éramos drogadictos con una ética de trabajo y todos los excesos nos llenaron de creatividad”.

Dennis Hopper partió sin ver su segunda gran película —también la de su perdición comercial, aunque después recobraría su prestigio con su actuación en Blue velvet de Lynch y ocuparía de nuevo el banquillo de director en Colors (1988)— dignificada en su verdadero contexto. Elevemos una plegaria para que renazca en plenitud lo más ponto posible.

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