Greenberg: comedia cerebral farfullada

Cine y Tv

Greenberg: comedia cerebral farfullada

Aunque el movimiento mumblecore —donde se improvisan diálogos, se presentan personajes cotidianos en situaciones cotidianas y la historia yace centrada en relaciones amorosas— no echó las suficientes raíces para volverse una realidad cotidiana, por ahí están desbalagadas algunas cintas que están dentro de su radio de acción. Greenberg es una de ellas.

No están de moda pero de vez en cuando, las comedias generacionales llegan a la pantalla grande o al formato casero con inusitada calidez. De entrada, reflejan el duro trance del paso de los años sobre ciertas personas que permanecen estancadas entre las espinas de la generación que vivieron cuando eran jóvenes. Ya saben, cosas como “¿para qué escuchar Pearl Jam si ya existió alguna vez un Led Zeppelin?”, son el marcador perfecto para encontrar a todos aquellos que jamás pudieron desprenderse de los referentes culturales de cierto tiempo y que convirtieron en estandarte perpetuo de su vida una cierta moda, gusto o vicio. Por ende y sin plena conciencia se convierten en misoneístas; sí, aquellos seres humanos que rechazan cualquier vanguardia y de paso, alegan que todo lo pasado era mejor. Tiempo después, cuando su generación ha sido suplantada por otra, entran en crisis brutales que los llevan al extremo de la decadencia y viven conflictos que los arrastran prácticamente al borde del colapso emocional.

Dicha esencia de psicología trágica aderezada con pinceladas de bromas intelectuales más propias del segmento geek que de las masas, es lo que ofrece la pomposa y lo-fi Greenberg, cinta escrita y dirigida por Noah Baumbach y protagonizada por el errático (pero-efectivo-cuando-quiere) Ben Stiller. Al igual que Jim Carrey, Stiller tiene más bodrios y comistrajos en su filmografía que muchos otros actores de menor calidad histriónica de su generación. Pero, ojo, recalcando el advenimiento de la madurez sobre sus espaldas, el protagonista de las dos partes de la execrable y abominable comedia palurda de Una noche en el museo, demuestra que existe “actor” para presumir y llevarlo a cuestas casi al Olimpo, a pesar de que la exageración a escasas palabras de distancia suene a cebollazo pagado. Así que alejarse de la vis cómica que lo ha vuelto famoso, es ataraxia pura. En serio.

Con infinito desparpajo, Stiller encarna a Roger Greenberg, un tipo que en sus mozos años de juventud tuvo una banda de rock. A un paso del ansiado contrato discográfico, el miedo le comió su valentía hasta hacerlo abandonar sus responsabilidades musicales. Entonces se volvió carpintero y poco tiempo después sufrió un colapso emocional (la mente se le llenó de picante esquizofrenia) y desapareció de la realidad tras las paredes de una clínica para pirados, maniacos y desquiciados.

Justamente la película arranca formalmente cuando Roger regresa a Los Ángeles tras quince años exiliado en Nueva York. Viene nada menos y nada más que a cuidar la fastuosa casa de su hermano que se fue de vacaciones con su familia a Vietnam. Tiene por delante la dura tarea de cuidar la residencia y a un amistoso pastor alemán. Si algo se le atora, tiene la mano auxiliadora de Florence, una joven estudiante que funge como niñera de la familia de su hermano. Como era de esperarse, ambos se enrolan en un torbellino emocional supeditado por los bombásticos cambios de carácter de Roger que, entre otras cosas, gasta sus ratos de ocio escribiendo mordaces quejas hacia empresas de renombre mundial que poseen fallas de servicio para mantener contentos a sus fieles clientes. En uno de los diálogos capitales de Greenberg, se plasma a la perfección la esencia del filme: “Justo en este momento, no trato de hacer nada. Ése es el desafío de nuestra generación”, le espeta una ex novia a un Roger meditabundo y contrariado en plenitud ante el jolgorio hiriente de los más jóvenes que lo único que exudan con su forma de actuar es anhelo sin sueños y deseos sin esencia.

Entonces, Greenberg es un panfleto desdibujado y disgregado de la Generación X, pero colocado en el modus vivendi de los adultos contemporáneos que ya pasaron por drogas, alcohol, matrimonios y desilusiones. Ahora, solamente quedan flotando las resacas de los excesos y el desequilibrio mental ante un presente de matices grises y con el arco iris de la felicidad prohibido hasta nuevo aviso. Incluso se llega a dictar una sutil crítica hacia las nuevas generaciones que tienen perdida la pasión por cualquier cosa, gracias al nubarrón del Internet, las redes sociales y la picante inmediatez. Lo anterior es mostrado con contumaz ironía cuando Roger organiza una fiesta en su casa prestada y convive entre puros chicos y chicas imberbes. En un momento dado, sale la cocaína y Roger decide darse un pase. Con absoluta candidez pide a los jovenzuelos que le den la diferencia entre el Twitter y la Generación X. ¿La respuesta? Hela la sangre: la despreocupación. Estos pequeños detalles que para el gran público pasan desapercibidos, hacen que ante Greenberg uno saque los matasuegras y explote la fiesta en señal de aprobación ante su propuesta visual. Sencillamente pasa que estos “dardos filosóficos” aleznan la anhelada abstracción a través del córtex cerebral. Por ejemplo, esto de la despreocupación nos remite al instante que, ante cualquier falta de motivos, se genera una angustia interna que arrastra al género humano a la decadencia. Esa apetencia por deleznar lo trascendente, hace que cualquier sujeto en cuestión caiga en la inacción, por citar el ejemplo más común.

Entonces Greenberg, la más reciente obra de Noah Baumbach (un neoyorquino que los enamorados de Wes Anderson reconocen a la perfección, ya que funge como guionista de El fantástico Sr. Zorro y Vida acuática), se presenta como una comedia angustiosa de aires intelectuales dramáticos y cámara estática que entra al mismo segmento de excelencia de cintas como En compañía de hombres de Neil LaBute y Alta fidelidad de Stephen Frear. La propuesta de Baumbach es darle al actor volumen o tres dimensiones, utilizando ciertos referentes culturales para definir su personalidad (sobre todo discos, libros y canciones que más allá de sólo cantarse, describen la razón de su genialidad musical y apego para ciertas personas).

Ya sea en Blu-ray o DVD, Greenberg brinda un escaparate idóneo para mostrar imágenes donde la distancia con la realidad ocurre a través de quitarle el pulso a las situaciones humanas. En su interior cinematográfico, encontramos individuos ahítos, bombos de tanto andar en una sociedad que sistemáticamente los rechaza y los considera perdedores de cabecera.

Más Revisiones

IMG_9525
Música

High Five.

Hoy es abril 20 y como todos sabemos, ésta es una fecha conmemorativa para chiquearnos (aún cuando el 420 se vive diario ...en nuestros corazones)

bunu_grande-600
novela gráfica

La novela gráfica que soñó a Luis Buñuel

Fermín Solís, en el año 2008, publicó con la Editora Regional de Extremadura la novela gráfica Buñuel en el laberinto de las tortugas; un año después, esta obra pasaría a formar parte del importante catálogo de editorial Astiberri.

beak
Música

Post-Portishead: El BEAK> de Geoff Barrow.

Geoff Barrow es bien conocido por ser el creador y productor multiinstrumentista de la famosa banda inglesa Portishead, tras 12 días de grabación junto a Billy Fuller y Matt Williams se abanderan con el Drone y Krautrock.